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En los años cincuenta era habitual ver en Casas de Ves a los hombres, especialmente a los de más edad, sentados en los poyetes de la plaza y en otros bancos de las calles. Vestían boina o gorra, camisas sin cuello, pantalones y chaquetas de pana, muchas veces remendados, llevaban una faja ceñida a la cintura y calzaban abarcas, botas o alborgas. Con un grueso cigarrillo entre los labios y un manojo de esparto, crudo o ya picado, bajo el brazo, sus manos expertas elaboraban con rapidez jaretas —gruesas cuerdas de esparto— y pleita, la característica tira de esparto trenzado. La misma escena podía verse repetida sentados en el carro o alrededor del fuego de la chimenea durante las largas y frías tardes de invierno.
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También era frecuente ver a los hombres en las afueras del pueblo “picando esparto” sobre los rulos de las eras, golpeándolo con pesados mazos de madera. El sonido rítmico de aquellos golpes, el conocido “toc, toc, toc”, ablandaba la fibra y la hacía más flexible y manejable para su posterior trabajo. Por aquellos años el esparto formaba parte inseparable de la vida cotidiana. Una gran cantidad de los utensilios y herramientas empleados tanto en las labores agrícolas y ganaderas como en las tareas domésticas estaban fabricados con esta resistente fibra vegetal, obtenida de la planta conocida como atocha, muy abundante en montes, lomas y cerros de la comarca, donde formaba extensos atochares o espartizales.
El paisaje y la cultura del esparto en la provincia de Albacete
En la provincia de Albacete, y de manera muy singular en la comarca de La Manchuela y las estepas de Chinchilla y Hellín, el esparto (Macrochloa tenacissima) trasciende lo meramente botánico para convertirse en un pilar de su identidad cultural y paisajística. Las agrupaciones de esta gramínea, conocidas localmente como atochas, colonizan los suelos calizos y semiáridos de la meseta manchega, dibujando un ecosistema único adaptado a las condiciones extremas. Durante siglos, la recolección estival mediante el tradicional arranque y el posterior trenzado de la fibra (empleada en la confección de aperos agrícolas, capachos para las almazaras y calzado) constituyeron un motor económico rural de primer orden. Hoy en día, este oficio y sus paisajes están protegidos como patrimonio cultural inmaterial, siendo un testimonio vivo de la arquitectura del paisaje y la sostenibilidad de la Manchuela albacetense.Fuente: Google + IA
Con esparto, tanto crudo como cocido, se confeccionaban jaretas, sogas, vencejos, cordelillos, ramales, abarrieras, espuertas, cuevanos, serones, cestos, paneras, caracoleras, aguaderas, agüerillas, espuertillas “sembraeras”, sarrietas para alimentar al ganado en el campo, baleos, serillos, alaves para los carros, felpudos, alborgas o esparteñas —el calzado tradicional del campo—, estropajos, posetes para apoyar sartenes y todo tipo de revestimientos para garrafas, calabazas y botellas. Aunque no era un trabajo especialmente difícil, requería habilidad y paciencia, dejando las manos doloridas, resecas y agrietadas después de muchas horas de labor. Sin embargo, en la década de 1950 el esparto no era únicamente una actividad artesanal ni un recurso para fabricar utensilios. Gracias a la abundancia de esta fibra en los montes del término municipal, se convirtió también en una importante fuente de ingresos que ayudó a paliar las dificultades económicas de la época. Su aprovechamiento complementaba tanto las rentas municipales como los ingresos de numerosas familias, proporcionando trabajo y jornales.
Cada año se subastaba el aprovechamiento del esparto de los montes públicos. Así, por ejemplo, en 1954 se adjudicó mediante subasta la explotación de 75 quintales métricos de esparto del monte de La Derrubiada, propiedad del Ayuntamiento, por un importe de 8.252 pesetas. Cantidades similares fueron habituales en otros años. Aunque estaba prohibido arrancar libremente el esparto, por la recogida de pequeños manojos para uso doméstico las autoridades solían mostrarse tolerantes.
En Casas de Ves, la recogida en plan industrial corría a cargo de Juan García Molina, que venía recolectando unos 200.000 Kgs. anuales de los montes, tanto públicos como privados, de los términos de Casas, Villa y Balsa de Ves, y que enviaba a las fábricas de Hellín, Liria, Jalance y Jarafuel, donde estaban las grandes balsas llenas de agua y donde el esparto permanecía o 'cocía' alrededor de veinte días para lograr su 'curado' y extraer sus fibras con máquinas. La campaña de recogida del esparto solía durar unos cinco meses de promedio y se realizaba durante el tiempo caluroso. Se formaban cuadrillas numerosas, a veces hasta de cuarenta hombres, no sólo con gente del pueblo, sino también de jornaleros procedentes de otros lugares de la zona, como del Cerro y sobre todo de Casas de Juan Núñez, que tenía fama de ser buenos esparteros. La cuadrilla partía del pueblo hacia los lugares de recogida utilizando los medios de transporte de que disponían: a pie, en bicicleta o sobre burros. Llevaban consigo agua y el almuerzo. Si el espartizal estaba próximo, regresaban a sus casas al finalizar la jornada; pero cuando se encontraba lejos, especialmente al otro lado del río, permanecían allí varios días. Para ello transportaban el “avío” necesario para cocinar y dormían en casas de campo, corrales, cuadras e incluso en cuevas.
La labor de arranque del esparto era dura y exigente. Comenzaba con la salida del sol y terminaba al anochecer. Los montes se dividían en lotes que se asignaban mediante sorteo. Utilizando un palo resistente de unos dos palmos de longitud o una barra de hierro, se enrollaban las fibras y se tiraba de ellas hasta arrancarlas de la atocha. Después se formaban manojos que permanecían secándose en el monte durante varias semanas. Una vez secos, se agrupaban en gavillas y se transportaban hasta el pueblo. La remuneración dependía de la cantidad de esparto recogida. En aquellos años se pagaba aproximadamente a una peseta el kilogramo y, según la suerte obtenida en el reparto de lotes y la habilidad de cada trabajador, una persona podía llegar a recolectar alrededor de cien kilogramos durante la campaña.
A partir de la década de 1960 la explotación del esparto comenzó un progresivo declive. La introducción de otras fibras vegetales, como el cáñamo, el yute o la pita, y posteriormente la expansión de las fibras sintéticas y del plástico, acabaron desplazando definitivamente este aprovechamiento tradicional. En la actualidad el trabajo del esparto prácticamente ha desaparecido como actividad económica. Su uso se limita a la elaboración artesanal de piezas decorativas y objetos de carácter tradicional, muy apreciados en la ambientación de restaurantes, casas rurales, tabernas y otros espacios vinculados al patrimonio etnográfico y cultural. Aunque la actividad espartera desapareció como medio de vida durante la segunda mitad del siglo XX, el trabajo de la pleita y otras labores tradicionales del esparto siguen conservándose gracias a artesanos y aficionados que mantienen vivo este conocimiento. Hoy estas piezas forman parte de la decoración de viviendas, restaurantes, alojamientos rurales y espacios etnográficos, constituyendo un valioso patrimonio cultural de nuestras tierras.
Aunque el aprovechamiento tradicional del esparto desapareció como actividad económica, su trabajo artesanal sigue vivo en la elaboración de piezas decorativas y artísticas como las que se muestran a continuación. Pulsar sobre las imágenes para ampliarlas.
Conocer al maestro artesano de la pleita: