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VILLA DE VES Y FELIPE II
Curioseando en una biblioteca de Albacete tuve la grata sorpresa de encontrarme con un breve escrito de nuestro ilustre paisano Leonardo Villena Pardo, gran científico e historiador, cuyo título llamaba poderosamente la atención: «Exequias lugareñas en honor de Felipe II». En este escrito daba cuenta del hallazgo de unas actas, fechadas en 1598, en los libros de defunciones de la parroquia de la Asunción de Villa de Ves, no tan sólo con la partida de defunción del rey de España Felipe II, sino también las honras fúnebres que en su honor se hicieron en el Santuario del Cristo de la Vida. La partida de defunción nos da cuenta de las causas de la muerte de tan augusto personaje, de los remedios que médicos y cirujanos tomaron para evitarla, así como de las últimas voluntades y consejos que dejó a su hijo heredero, Felipe III.
Dice así esta partida de defunción: “El rey Don Philipe nuestro señor, segundo de este nombre, murió el domingo once de octubre de mil quinientos noventa y ocho, después de haber recibido con gran devoción los Santos Sacramentos y después de haber llamado a nuestro rey Don Philipe, su hijo, para encomendarle principalmente la paz con los reyes, príncipes, señores y obispos; el buen gobierno de sus reinos y señoríos y la enmienda que pudiese en las cosas que como hombre él no había acertado. Diciéndole que se levantase rey de Castilla, que para recibir su bendición estaba ante su Católico Rey y padre arrodillado y poniéndole en la mano, a tan querido y amado hijo, una llave dorada, bajo de la cual, el padre dijo, hallaría encerrado el mayor tesoro; y abriendo el cofre halló una calavera y una disciplina, dándole a entender que ya errase como hombre, se acordase de la muerte e hiciese penitencia.” Sucedió en su muerte un ejemplo de donde se puede sacar mucho fruto y fue que siendo ocasión de su muerte un apostema (absceso: infección bacteriana con acumulación de pus) que se le hizo en una pierna, por consulta de sus médicos, fue determinado que era necesario abrirle la pierna; y como tan humilde y sujeto a la razón, consintió que le fuese abierta la pierna. Piadosamente de esto, se puede entender que tenía muchos deseos de ser mártir, por quien por él padeció martirio y para poder sufrir aquel insufrible dolor, después de prevenidos los hierros y fuegos necesarios, mandó que le trajesen un misal y le leyesen la pasión de Nuestro Redentor y, cuando llegó a la lanzada, mandoles que abriesen sus reales carnes, diciendo que puesto que Dios había padecido por él de aquella suerte, no era mucho que padeciese él por Dios. Por esto y por otras muchas señas o con su muerte se puede inferir que murió santo mártir y encomendándole, muy de veras, a su hijo querido y sucesor dignísimo, la paz de sus reinos y estados y el amor a sus vasallos, y últimamente le dijo y encargó que procurase enmendar las cosas que él, como hombre había errado”. Esta es la transcripción (puesta en castellano actual y con alguna licencia literaria para su mejor comprensión) del acta de defunción del rey Felipe II que redactó el cura teniente de la parroquia de Villa de Ves Fray Joseph de Tortosa, al igual que hizo con la descripción de las honras fúnebres con las que el pueblo encomendó el alma a su muy querido rey.
“Hiciéronse las honras de nuestro rey D. Philipe segundo de este nombre en esta Villa de Ves por las personas y orden siguientes: Lunes en la tarde dos de noviembre de 1598; después de haber dado muchos y largos dobles, sonando siempre las campanas, vinieron desde la sala del ayuntamiento los clérigos en compañía de los oficiales, alcaldes y regidores y la gente que en el pueblo había. Hecha la oración acostumbrada al entrar en la iglesia, puesta en medio de ella un túmulo y bulto negro rodeado de muchos hachones y velas de cera ardiente, se dijeron en el coro unos oficios del breviario, comenzando por "regem e nioniavivunt" a canto de órgano, con mucha solemnidad y reposo como si fuera oficio de cuerpo presente, bajando al fin de ellos el preste revestido con su capa negra y acompañado de los demás clérigos, sonando tristemente las campanas que parecían que sentían la pérdida de tan buen rey y señor y cantando "noroco deves eps" a canto de órgano y acabado con el mismo sentimiento de tristeza y ternura, se volvieron los susodichos a la dicha sala y de allí se despidieron después de haber dicho un responso general. Por la mañana, martes, todos volvieron con el mismo orden y sentimiento y se dijeron otros oficios y tres misas en el interior y al fin de ellas dijo el subprior la misa mayor cantada con un vivo contrapunto y al ofertario predicó el padre J.B. Castillo. Acabada la misa, muy solemnemente, se dijo un responso a canto de órgano y otros muchos responsos a real de limosna que daban los oficiales del concejo y los que dieron de limosna al subprior cuarenta y cuatro reales, al predicador cuarenta, a fray José de Tortosa treinta y seis, al predicador Jugaya veinticinco y al sacristán Juan Carrión dieciocho. Todo sea en honra y gloria de Dios Nuestro Señor y en descanso de tan bueno, sabio, justiciero y prudente rey y señor. Y porque todo es así verdad, para memoria y por curiosidad, lo escribí a ocho de noviembre del dicho año 1598, siendo teniente en la dicha iglesia y lo firma ut supra F. Joseph de Tortosa. Doblaron toda la noche las campanas. Eran oficiales del concejo de Villa de Ves los siguientes: alcaldes ordinarios: Pedro la Cuesta y Gabriel García Argente; alférez: Agustín Verdejo; regidores: Pedro de Torres, Damián Pardo, Juan García Argente y Pedro Pérez; secretario del ayuntamiento: Pedro de Torres Segovia y alguacil mayor Juan García Rodenas”. Ricardo Lejárraga Herrero